Estoy realmente agotada de hacer tanta tarea, es por ello que decidí relajarme un rato y transcribir un cuento de un libro, que, como la entrada lo indica, se llama Cocaína (
Manual de usuario), primero les quiero compartir una crónica que encontré en la red sobre el escritor y el libro, para proseguir con el relato, ya luego les daré mi opinión sobre el libro, el primer cuento es extraordinario, luego hay que analizarlo.
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Libros en español sobre trasiego y consumo de cocaína hay varios. Novelas sobre narcotráfico también. Pero buena narrativa exenta de moralina desde el punto de vista de quien consume no recuerdo muchos. Casi todo lo que topa uno por allí padece el síndrome de Pregúntale a Alicia, aquel supuesto testimonial gringo de los años setenta en que la culpa de todo la tienen las drogas y no el libre albedrío ni las ganas de largar. O novelitas de corte facilón, casi siempre sonrientes al glamour políticamente correcto en el hemisferio de las prohibiciones, escritas además en contextos absolutamente ajenos a la idiosincrasia de Hispanoamérica que es, por cierto, principal productora de caspa diabólica. Así que de novelas que salten convenciones y se atrevan a dejar hablar al chaneque que todos llevamos dentro y que los adictos llevan untado en la piel, casi nada. Excepto la que nos ocupa ahora y tal vez un par más, como Grillo, del español José Machado en Lengua de trapo, o la perturbadora Reina de América, de la barcelonesa universal Nuria Amat, en Seix-Barral.
Hay un autor mexicano de magnífica factura, deliciosamente iconoclasta que apuesta al riesgo, como debe ser cuando se narra la vida en el carril de alta. Se trata de Julián Herbert, escritor acapulqueño nacido en 1971. Herbert no es nuevo en la contracorriente del mundillo libresco; ha publicado poemarios como El nombre de esta casa (Fondo Editorial Tierra Adentro, 1999), La resistencia, en Filodecaballos y Autorretrato a los 27 con el colectivo artístico Eloísa Cartonera, de Buenos Aires en 2003, año en que ganó el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen; luego publicaría la novela Un mundo infiel en Joaquín Mortiz y Kubla Khan en Era en 2005. En fin, ha caminado largo montado en sus libros.
Esa ambladura trasluce en su prosa. Prosa que se da el lujo de apuntar un mismo libro como ganador en más de un certamen literario. Allí su reciente libro de relatos, Cocaína (manual del usuario), libro con que ganó en 2006 el v Premio Nacional de Cuento José Arreola, coeditado en España por Almuzara.
Pero Cocaína (manual del usuario), si bien ganó un concurso de cuento, es un catálogo de textos difíciles de encasillar en un solo género. Se trata de cuento y no. De poesía y no, de crónica y tampoco y de todo junto en un híbrido inquietante. Se trata de textos de ésos que a veces se olvida uno que los está leyendo para percibirlos de pronto como susurro demonial, pulsación del plectro con nervadura de vidrio, con nerviosismo, con necesidad quebradiza de algo más, algo voraz, algo oscuro pero no exactamente vivo, algo tangente pero no del todo tangible porque retrata, crudo y fiel, los claroscuros a velocidad de estroboscopio que alegran y atribulan por partes iguales, en cortes perfectos, la vida de quien se ha casado con su blanca novia química sin querer ni poder divorciarse. Cocaína... permite a los que no lo han frecuentado asomar a ese mundo al que se le desmorona la nobleza apenas ataca la malilla, la impostergable necesidad de meterse un par de gordos gusanos de coca para alternar "una semana de cocaína con otra de ambición"; para hacer "como si el mundo nos valiera una chingada y de veras fuéramos felices", cuando se está tan apachurrado por ese mundo que de pronto un taxista se convierte en terapeuta de banqueta y diagnostica: "Usté se puede llamar como quiera, pero bájese ya. Usté no viene bien, joven."
Herbert ¿confiesa? ¿exorciza? ¿descubre? en sus textos, además con plausible ritmo, con exquisito rigorismo de crueldad descriptiva, un mundo que rige la existencia de sus protagonistas de acuerdo a sus propios dictados y aristas, y sobre todo al margen de quien ha sido atrapado en la cristalina red color de nube, la comezón que sólo se aplaca con más comezón, el ardor incomprendido todavía en estas sociedades nuestras del que pide implora ruega ordena impera exige suplica: "pásame el espejito para verme de cerca/ porque ya no distingo dónde está el bien/ dónde está el mal".
Escrito por
Jorge Moch_________________________________________
Sentado en Baker StreetLlámenme Mr. Sherlock Holmes. Estoy sentado en Baker Street alternando una semana cocaína con otra ambición. La extraordinaria fuerza de mis dedos se ocupa de moler piedras y preparar agujas. La precisión de mis pupilas se encarga de que nada de derrame, de que la dosis sea exacta a pesar de mis temblores y el zumbido de mis orejas. Las peculiares dimensiones de mi cráneo son nadas: nadas ociosas y relucientes que se curvan como un resbaladero, un tobogán donde las violencias lógicas desfallecen y caen. Estoy sentado en Baker Street, mirando pasar sobre la nieve las ruedas sucias de los carruajes.
Llámenmme Adán. Estoy sentado en Baker Street, mi sillón es de cuero y de madera. Estpy desnudo. Tengo la verga más dulce de la Creación. Mi verga está dormida y no consigo despertarla. Lo intenté viendo películas porno y nada. Lo intenté sacudiéndola bajo un chorro de agua fría y nada. Lo intenté pensando en ti y nada: nadas ociosas y relucientes como un gramo en un pedazo de papel. Tengo una verga dulce, inútil, un relámpago de carne se apaga. Y si al menos pudiéramos amarnos esta noche. Pero mientras, alcánzame el espejito que está sobre el lavabo.
Llámenme Greg Trakl. Estoy sentado en Baker Street. Mi cuerpo es una farmacia. Anís y caspa del diablo. Mis médulas resecas esparcidas en el regazo de Grete. La nada reluciente del deseo. La ambiguedad y la mugre. Salzburgo detrás de la ventana, sus calles, su tufosa respiración saltando como un batracio que se escondiera en todas las gargantas. La estantería con frascos: láudano, placebos y jarabes. En el tapiz abundan las manchas de mis dedos, manchas de madrugada tras madrugada tambalenado y cayendo, mirándome las uñas, masturbándome con dificultad sobre una vieja mantilla que mi hermana extravió cierta tarde de octubre. Un día de estos voy a largarme a Borneo. Ahora viene otra descarga.
Llámenme Antonio Escohotado. Estoy sentado en Baker Street, son las dos de la madrugada y yo aún reviso documentos: un pasaje donde el Inca Garcilaso habla de las ofrendas de coca; un prospecto en que el Dr. Freud recomienda el producto de Merck; un alegato contra el empleo clínico de la morfina, láudano y heroína; un informe químico sobre el
French Wine of Coca, Ideal Tonic que J.S. Pemberton le vendió años más tarde a Grigs Candler con un nombre chispeante:
Coca Cola. Y allá en la plazuela -casi logro espiarlos a través de los visillos- dos chavales sentados en Baker Street mirando pasar sobre la nieve las ruedas sucias de la historia.
Llámame yo. Estoy sentado en Baker Street. Gasto mi dinero en el
true west que sube y baja mis pulmones. Todo oxígeno es un círculo nasal: el cesto lleno de
Kleenex, los
kleenex llenos de sangre, los
kleenex llenos de mi. Enciendo la computadora. Juego Solitario hasta entumecer mi mano izquierda. Luego intento escribir. Luego miro el reloj: ya pasaron veinte minutos. Voy al baño, me siento a horcajadas en la taza, vacío sobre el espejo un poquito de polvo, luego un poquito más. Lo huelo, lo muelo con mi tarjetade cheque automático Serfin, hago dos rayas largas y bien gruesas. Aspiro. Esto es todos los días. Va casi un tercio de onza, llevo no sé cuántas horas sin dormir; no sé como parar. Van a correrme del trabajo. Llámenme como quieran: perico, vicioso, enfermo, hijoqueteestapasando y yaparalecarnal, vivomuertopaqué, llámenme escorioy llámenme dios, llámenme por mi nombre y por el nombre de mis dolores de cabeza, de mis lecturas hasta que amanece y yo desesperado. Soy el que busca una piedrita debajo del buró, encima del lavabo, en el espejo, en mi camisa, y amanece otra vez y sin dinero, y la sonrisa helada del vecino a través de la persiana, y a poco cree que no se han dado cuenta. Estoy sentado en Baker Street mirando pasar sobre la nieve las ruedas sucias de mi vida.
Llámenme Ismael: estoy sentado en Baker Street, junto a la chimenea, tratando de cazar con mis palabras a un animal blanco y enorme. Mide casi una legua, su cola es pura espuma, sus ojos tienen la pesadez y el brillo de la sal brava. Es un animal que se asusta y enfurece, que mata ciegamente, que cuando no te mata parte tu vida en dos. Pero es también una bestia lúcida y hermosa, y respira música, y en el momento en que su cola te azota y arroja tu cuerpo por el aire no piensas ni en el dolor ni en la sangre que gotea: piensas solamente en la velocidad -que es como no pensar, o sentir el pensar, o estar sentado en medio de la purísima nieve mirando pasar las ruedas sucias.
Llámenme Ismael. Estoy aquí para contarles una historia.
Etiquetas: baker street, cocaína, Herbert
viernes, 4 de mayo de 2007
El enemigo más poderoso de los finlandeses es la oscuridad, la apatía sin fin. La melancolía flota sobre el desgraciado pueblo y durante miles de años lo ha mantenido bajo su yugo con tal fuerza, que el alma de éste ha terminado por volverse tenebrosa y grave. Tal es el peso de la congoja, que muchos finlandeses ven la muerte como única salida a su angustia. Una mente taciturna es un enemigo aún más encarnizado y temible que la propia Unión Soviética.
Sin embargo, el finlandés es un pueblo de guerreros. Todo, menos rendirse. Una y otra vez se alza en rebelión contra el tirano.
La Noche de San Juan, la fiesta de la luz y la alegría que marca el solsticio de verano, es para los finlandeses una descomunal batalla en la que, de común acuerdo y uniendo sus fuerzas, intentan derrotar a la melancolía que los corroe. Todo el pueblo se pone en pie de guerra: no sólo los hombres en condiciones de luchar, sino que también las mujeres, los niños y los ancianos se movilizan a los frentes. En las orillas de los mil lagos de Finlandia se encienden colosales hogueras paganas para exorcizar a las tinieblas. Banderas de guerra azules y blancas son izadas en sus astas. Cinco millones de guerreros finlandeses se alimentan antes de la lucha con salchichas grasientas y costillas de cerdo asadas a la parrilla. Vacían sin miramientos y de un trago sus copas de aguardiente para darse valor, y al son de los acordeones, marchan para medirse en combate con la depresión, a la cual aplastarán en una batalla campal que librarán sin tregua durante toda la noche.
En el fragor de las luchas cuerpo a cuerpo se produce el encuentro entre los sexos y miles de mujeres quedan en estado de ingravidez. Hay hombres que mueren ahogados en lagos y bahías al atravesar las aguas en sus barcazas. Decenas de miles caen en las alisedas, o quedan yaciendo entre las matas de ortiga. Son numerosas las hazañas heroicas, llenas de sacrificio y arrojo. La felicidad y el júbilo vencen, se ahuyenta a la tristeza y una vez al año el pueblo disfruta de la libertad al menos por una noche, cuando la tenebrosa tirana es aplastada por la fuerza.
Era el amanecer del día de San Juan, a orillas del lago Humalajävri (lago de la borrachera) en la región de Häme. Todavía se notaba un ligero olor a humo, testimonio de la batalla nocturna: el día anterior había sido la víspera de San Juan y se habían quemado hogueras en todas las orillas. Una golondrina sobrevolaba con el pico abierto la superficie del lago, cazando insectos. Todo estaba en calma y el sol brillaba, la gente dormía. Los pájaros eran los únicos a los que les quedaban fuerzas para cantar.
Un hombre solitario estaba sentado en las escaleras de su chalé con un botellín de cerveza sin abrir en la mano. Se trataba de Onni Rellonen, un director gerente de empresa que tenía cerca de cincuenta años y una de las expresiones de tristeza más desoladoras de la región. Él no formaba parte de los vencedores de la batalla de la víspera. Se hallaba malherido y no había ningún hospital de campaña en el que su roto corazón pudiese recibir una cura de urgencia.
Rellonen era un hombre flaco de estatura media, más bien orejudo, y tenía una nariz larga cuya punta estaba siempre colorada. Llevaba puestos una camisa de verano de manga corta y unos pantalones de terciopelo.Por su aspecto se notaba que en algún momento su alma habí albergado una fuerza explosiva. Pero ya no. Se sentía cansado, vencido, golpeado por la vida. Las arrugas de su rostro y la escasez de cabello en la coronilla eran las conmovedoras cicatrices de una lucha contra la dureza y la brevedad de la existencia.
El director gerente padecía de acidez estomacal desde hacía décadas y en esos momentos los pliegues de sus intestinos albergaban un catarro intestinal en ciernes. Tenía las articulaciones y la musculatura en condiciones, si no se tomaba en cuenta una ligera fláccidez. Por el contrario, su corazón estaba recubierto de grasa y latía con pesadez, siendo más una carga en aquel momento —como un grillete que lo encadenase a una bola— que un órgano que lo ayudase a mantenerse con vida. Solía temer que éste se detuviese y se precipitase por su cuenta a la muerte, dejándolo paralizado y sediento de sangre. Sería el golpe de gracia para un amo que, aunque lo hubiese maltratado, siempre había confiado en él, incluso cuando no era más que un feto. Si su corazón se detuviese a tomar aliento, aunque sólo fuese por espacio de cien latidos, sería el final de todo. Nada significarían los millones de latidos precedentes de Onni Rellonen. Así es la muerte. Miles de hombres finlandeses lo experimentan cada año, pero ninguno de ellos ha vuelto para contar qué se siente estando en el otro lado.
En primavera, Rellonen había comenzado a pintar la deteriorada fachada de su casa, pero el trabajo había quedado a medias. El bote de pintura seguía junto a los cimientos de piedra de la casa, con el pincel endurecido sobre su tapa.
Onni Rellonen era un hombre de negocios que incluso a veces había sido llamado "director". Tras él se acumulaban años de actividad frenética, de fulgurantes éxitos iniciales, de escalada en el mundo de la pequeña y mediana industria, así como una tropa de subordinados, de contabilidad, dinero y actividades comerciales. Había sido contratista de obras, y en los años sesenta incluso había tenido una pequeña industria de chapa. Pero las malas coyunturas del mercado y la voracidad de los competidores habían llevado a la bancarrota a Aleros y Chapas Rellonen S. A. Y aquello no era todo. También se sospechaba que tras la quiebra se ocultaba algún que otro delito monetario. En los últimos tiempos el director gerente había figurado como propietario de una lavandería de autoservicio. Tampoco ésta le resultó productiva: todas las familias finlandesas tenían lavadora propia, y los que no la tenían tampoco se preocupaban mucho por lavarse la ropa. Ni los grandes hoteles, ni los barcos que hacían las líneas de cruceros a Suecia querían darle trabajo a su empresa, y las grandes cadenas de la competencia le quitaban a Rellonen los encargos delante de sus narices. Las contratas de ese nivel se negociaban en los reservados de los restaurantes. La última quiebra había sido aquella misma primavera. Desde entonces padecía una depresión profunda.
Sus hijos eran ya adultos, su matrimonio estaba en estado de total abandono. Si Rellonen se ilusionaba y hacía planes para el futuro y le explicaba sus ideas a su mujer, ésta ya no le apoyaba. Tampoco ella tenía fuerzas. Ya no.
—Mmm..
Eso era lo más que contestaba, dejándole desanimado. Ni estaba en contra, ni le apoyaba. Nada. Todo parecía perdido, toda su vida y en especial su vida en los negocios.
El director gerente llevaba desde el invierno dándole vueltas a la idea de suicidarse. No era la primera vez. Sus ganas de vivir ya se habían apagado con anterioridad en otras ocasiones, y la depresión convertía su sana agresividad en pensamientos de autodestrucción. Le hubiese gustado acabar con todo en primavera, cuando la quiebra de la lavandería, pero ni siquiera para ello tuvo fuerzas.
Fragmento del libro: Delicioso suicidio en grupo de Arto Paasilinna, ed. Anagrama
jueves, 3 de mayo de 2007
La estupidez, el error, el pecado, la mezquindad,
Ocupan nuestros espíritus y minan nuestros cuerpos,
Y nosotros alimentamos nuestros remordimientos,
Como los mendigos nutren a su piojera.
Nuestros pecados son tercos, nuestros arrepentimientos cobardes;
Nos hacemos pagar con creces nuestras confesiones,
Y volvemos alegremente al camino fangoso,
Creyendo lavar con viles llantos todas nuestras manchas.
En la almohada del mal es Satán Trimegisto
Quien mece mucho tiempo nuestro espíritu encantado,
Y el rico metal de nuestra voluntad
Se ha evaporado totalmente por obra de este sabio químico.
El Diablo es quien maneja los hilos que nos mueven!
A los objetos repugnantes les hallamos encantos;
Cada día descendemos un paso hacia el Infierno,
Sin horror, a través de tinieblas que apestan.
Igual que un pobre libertino que besa y muerde
El seno maltratado de una vieja ramera,
Robamos al pasar un placer clandestino
Que exprimimos muy fuerte como una naranja seca.
Apretado, hormigueante, como un millón de helmintos
En nuestro cerebro se agita un tropel de Demonios,
Y, cuando respiramos, la Muerte a nuestros pulmones
Desciende, río invisible, con sordos gemidos.
Si el estupro, el veneno, el puñal, el incendio,
No han bordado aún con sus singulares dibujos
El cañamazo banal de nuestros tristes destinos,
Ello se debe ¡ay!, a que nuestra alma no es lo bastante atrevida.
Pero entre los chacales, las panteras, los linces,
Los monos, los escorpiones, los buitres, las serpientes,
Los monstruos chillones, aulladores, gruñidores, rastreros,
En la infame casa de fieras de nuestros vicios,
¡hay uno más feo, más malvado, más inmundo!
Aunque no hace aspavientos ni lanza agudos gritos,
Convertiría con gusto a la tierra en un despojo
Y en un bostezo se tragaría el mundo;
¡es el Aburrimiento! -con los ojos inundados de un llanto involuntario-
sueña con cadalsos mientras se fuma una pipa.
Tú conoces, lector, a ese monstruo delicado,
hipócrita lector -mi semejante- mi hermano!
Prólogo de "Las Flores del Mal" por Charles Baudelaire, es un poema introductorio ya que da pautas de lo que sucederá en el resto de su obra.
miércoles, 2 de mayo de 2007
Pensar acerca de mi es pensar en abstracción total, el hecho de tener metas y sueños efímeros, solo me hace recapacitar que la vida es un sin fin de acertijos, que al llegar a una conclusión son aún mas complicados, por que cuando uno sabe mas de si, es contiguo el momento en el que odias cada ves más al mundo que te rodea, el cual tiene que ver contigo.
Por Kokazz