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viernes, 30 de noviembre de 2007

Tokio-Réplica


Por Alessandro Baricco


Tokio Akihabara, llamada Ciudad Electrónica: dos estaciones del centro de Tokio, y te encuentras en el corazón de la electrónica. En los puestos venden clavijas dobles, chips, amperímetros, como si se tratara de fruta seca. Los centros comerciales se desparraman por pisos y pisos de aquello que produce imágenes o sonidos o ambas cosas. Para los amantes del género, un paraíso. Para uno que quiere entender por qué los japoneses adoran la Lucia de Lamermoor, un sitio que te regala una idea.

Todo empieza cuando te das cuenta de que a donde sea que te vuelvas, te ves: por todos lados hay telecámaras y para mostrar las cualidades del producto todas están encendidas, y te observan, te escupen hacia una pantalla: pequeña, normal, titánica. Comienzas a tener pesadillas. Estás multiplicado en todas las dimensiones, por centenares de veces. Si intentas escapar terminas en medio de máquinas fotográficas, fotocopiadoras, teléfonos, máquinas de fax, escaners. Aparatos que tienen un único fin: reproducir, replicar, multiplicar. Entonces te imaginas ponerlas a trabajar todas al mismo tiempo, a todas en verdad: y sientes el vértigo de un mundo hecho pedazos y fragmentado en infinitas repeticiones, expandido en una galaxia de réplicas perfectas, y disparado a millones de ojos orejas manos mentes. Algo que da miedo, y que incluso tiene sentido, si se quiere: y sin embargo, pensándolo bien: un juego que tiene algo de libidinoso, que tiene que ver con una forma de gustar un poco inédita, un poco escondida. Cuando la has entendido, ya no hay necesidad de que te esfuerces en imaginar este juego: de pronto te das cuenta de que lo estás jugando desde que llegaste al aeropuerto de Narita. Tokio es ese juego. Estás dentro de un videojuego en el que todo es ya mundo detonado y replicante. La señora con ropa de marca de pies a cabeza, las megapantallas que desde las paredes de los rascacielos te disparan a Sting o una hamburguesa, los alimentos de plástico que, perfectos, pueblan las vitrinas de los restaurantes, toda la música que llega a cualquier lugar en donde estés, los jóvenes vestidos como Elvis y otros con cabello verde, los hoteles que aparentan ser Venecia, las maquinitas en las que entras, te sacas una foto y luego por siete mil liras puedes modificarla hasta volverte viejo, o mujer, las montañas sobre las cuales esquías y están hechas de cemento, las islas a donde vas a nadar y están hechas de plástico, la Vespa que te pasa enfrente a gran velocidad y que no es una Vespa en verdad pues aquí se llama Giorno, hecha por la Honda, casi idéntica, incluso un poco más bonita. Replicas. El mundo diferido. Gigantesco fast food del alma. No tiene sentido: pero si piensas en ello es fascinante. Si lo piensas mejor no es el horror de un hoyo negro llenado al azar: es una cosa más refinada, inclusive ya la has estudiado en los libros: el mundo sin centro, Dios ha muerto, la técnica en Heidegger, la hermenéutica, el pensamiento débil, el aura de Benjamin, el culto de la representación de Adorno: si has pasado años leyéndolos, este tipo de cosas, aquí, al final, las ves realizadas. Aquí donde la gente nunca dice "yo", y no tiene una palabra para decir "nada", lo que puedes tocar es un mundo sin centro, que se ha transferido totalmente a orbitar en sus márgenes. Si hay un hoyo negro, en el centro, es ya una cosa insignificante: lo que sucede, sucede en otro lugar. Aquí no existe la nada: rodea el todo, vertiginosamente, sin necesidad de ningún punto de apoyo.

Si logras metabolizar todo esto, terminas por entender también las cosas más absurdas. Por ejemplo: esa cosa ridícula de los japoneses que siempre están sacando fotos, el Coliseo o el semáforo, siempre ahí con sus camaritas y: clic. Cuando los ves en Europa te hacen enfurecer: a veces disparan incluso antes de observar. Y ni siquiera miran, parece que disparan a tontas y a locas, ni siquiera les pasa por la mente el tomar una foto "hermosa". Algo imbécil. Pero si estás un poco embebido en el videojuego de Tokio, casi logras entenderlo. Cuando un japonés hace clic, no está fabricándose un recuerdo, o inventándose una mirada personal: ese japonés está tomando un pedacito del mundo y lo está poniendo en circulación en el sistema sanguíneo moderno: replicándolo, lo salva. Podría dejarlo ir a la deriva, momificado como hallazgo arqueológico: y en cambio le regala una patente para circular en la modernidad, volviéndolo artificial y ligero, capaz de flotar en la corriente de este Tiempo. Al final, incluso llegas a esa extravagancia de los japoneses que aman la Opera. Y casi logras explicarla también. Antes que nada, la música clásica es un mundo fundado, necesariamente, en la práctica de la réplica: el original no existe, es escritura, no sonido. Vive sólo en la forma de la repetición. Y el teatro musical, a su vez y también de manera más radical, un ejercicio de reproducción, de proyección: un videojuego, a su modo. Toma las pasiones de lo humano, las arranca del horizonte de la autenticidad, y las replica sobre fondos imaginarios: faraones, reyes, princesas, confidentas del s. XVI, prostitutas parisinas. Si agregas que, como los zapatos Prada o el béisbol, transfiere aquí un mundo, un lenguaje y una civilización lejanas, te das una idea del gusto que se compran los japoneses al adquirir un boleto para la ópera con un año de anticipación y a precios exagerados. Celebran así, como en mil otros modos, el rito de esta modernidad exasperada: navegan a horcajadas sobre imágenes proyectadas, y con ello se evaden de la ciudad muerta que una vez era la morada de lo auténtico, y ahora es un inútil barrio abandonado.

Así los he visto ingresar al gran teatro de cemento y madera, para la Lucía de Lamermoor, vestidos sobriamente, como en una velada del Rotary. Una voz los ha exhortado a no sacar fotografías y a denunciar, si es el caso, a quien osara hacerlo. Luego el telón se ha levantado, y los he visto seguir con cuidado la historia de una muchacha escocesa obligada desde hace siglos a casarse con un hombre que no amaba, y por tanto a matarlo en el lecho en la noche de bodas. La han visto enloquecer y cantar notas muy dulces y notas audaces. Y al final han visto a un hombre matarse sobre el cuerpo de ella, porque si no pueden vivir juntos, pueden siempre imaginar morir juntos. Era una buena producción (firmada por Graham Vick), con el ensamble del Maggio Fiorentino dirigido por Zubin Mehta y con voces impecables en el escenario (Mariella Devia y Vincenzo La Scola, sobre todos). Los japoneses han aplaudido mucho, sin arrojarse a esas orgías de entusiasmo que ocurren en ocasiones similares, pero con la cara de quien se estaba llevando a casa un recuerdo no fácil de quitarse de encima. Gritan poco, y aplauden con calma infinita. Al final, se saludan, con discreción, como aquellos que están en un puente vial, como aquellos que ven partir a un barco. Hacen reír un poco, pero si no tienes el espíritu templado en el cinismo, terminas incluso por conmoverte.

Afuera, en la salida, llueve. Hay un tifón que está por llegar, y que todos esperan cambien de idea y termine en China. Noche, lluvia, centenares de insignias luminosas, hombres por doquier: como insectos. Blade Runner. No entenderás nunca si serías capaz de amar verdaderamente un mundo así. Tiene el aspecto de un trailer del futuro que está llegando: pero si será una pesadilla o un gusto, no lo entiendes. Así, de inmediato, simpatizas con la primera hipótesis. Pero si sólo degustas, sientes algo seductoramente maldito.

Un día me encontré enfrente –sentado en los escalones, en la esquina de una calle– a una especie de vago. Quiero decir, uno que tendría cincuenta años y no llevaba chaqueta gris ni corbata alucinante. Estaba sucio y, sobre todo, no estaba haciendo nada. En resumen: una verdadera rareza en estas partes. Me detuve a observarlo. Tenía calzado tipo Nike, y ciertos pantalones andrajosos, color indefinible. Y tenía, en las orejas, los auriculares de un walkman. Había una música, en su cabeza. A mí esto siempre me causa curiosidad, incluso cuando estoy en Busto Arsizio[1]: pagaría por saber qué está escuchando la gente que trae walkman. Así, también esta ocasión, intenté imaginar. Y la única cosa que me vino a la mente fue: este hombre puede escuchar de todo. Pero no como un veintiañero londinense, o un empleado de Bergamo: esos tienen muchas posibilidades pero no todas las posibilidades. Es diferente. Aquí, en esta terminal del mundo, donde todo se revuelve y pasa como si fuese el escurridor del lavadero universal, si un hombre escucha un walkman, toda la música del mundo puede estar ahí, en ese momento. Y es algo descabellado: aquel vago tenía una especie de infinito en la cabeza. Como una suerte de infinito. Así es claro que lo pienses, en ese momento: el futuro será ése. Una pesadilla, muy hermosa.

Traducido del italiano por
José Abdón Flores



[1] Parte industrial del Piamonte (N. del T.)

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